Como ya había pasado anteriormente, me levanté aquella mañana a las seis, me di una ducha rápida y ya había alistado casi todo la noche anterior, dejé mi llave, me despedí del dueño, revisó mi cuarto y salí. Ya tenía cargadas las pilas de mi cámara nuevamente.
Caminé nuevamente hasta el paradero de mi bus y estaba cerrado. Qué raro, pensé. Aunque todavía era temprano. Me tomé un emoliente con todo, incluso alfalfa, por china (0.50 soles) y pues ese día sería largo y había planeado hacer ayuno. Me habían dicho que el bus se tomaba más o menos 4 horas en llegar a Celendín, de allá a Chachapoyas no tenía más información. Luego de percatarme de que estaba en el paradero equivocado parado como tonto, caminé la cuadra y media que me faltaba y me subí al bus que ya abría sus puertas.
Me acomodé en mi sitio, me puse los audífonos y a leer el libro. Un tipo nos interrumpió para darnos un discurso de superación del vicio y finalmente vendernos caramelos de limón. El camino pintaba gris, comenzó en un momento a llover y yo alegre de estar ya en el bus y no haber usado hasta el momento el poncho plástico. Se acabó el álbum en el Ipod y ya había pasado buen rato de viaje. Me pareció que la flora de aquellos parajes había cambiado significativamente y ya no estaba más en la sierra. Subieron el volumen de la radio, un sermón radial de un padre que hablaba sobre el quinto mandamiento: No matarás. Es increíble que cuando menos estás al tanto de la magnificencia del universo, completamente imbuido en el sinsentido, la realidad, los prejuicios una voz te da una cachetada y te hace escuchar. El tipo hablaba tanto del suicidio, del aborto y la eutanasia y yo lo estaba escuchando ya sin poder leer como la niña mala tenía que partir hacia Cuba porque el estúpido Ricardo no atinó a ser desleal con su amigo gordo que después moría. Las palabras resonaron fuerte en el camino de ceja de selva y yo me transportaba a Vietnam, a otra vida, parecía que no estaba ya más en Perú. El cura de la radio siguió hablando y el tema cambió a la pena de muerte para los violadores, algo que arde actualmente para ser transformado en ley. En determinado momento el tipo comenzó a defender la voluntad homicida del pueblo. El mal por el bien, siempre. Y luego, un cambio de hábito le hizo decir que él estaba en contra, citando la Biblia. Y nuevamente, ante otra cita bíblica hecha por una oyente, volvió a darle la razón a la muerte. Quedé un poco aturdido por el sermón, pero debo decir que la Biblia puede ser tan subjetiva que utilizarla como referencia para salir de una incertidumbre es simplemente facilista y acomodado.
Celendín al fin, nos recibió un inmenso sombrero de paja y muchos carteles de los candidatos a la municipalidad y gobiernos regionales. Llegamos al paradero y bajé para hacer un pequeño reconocimiento. No sabía nada de Celendín y al hacer un par de preguntas, me di cuenta que tenía que salir de inmediato.
Fui a buscar en las cercanías un bus que me llevara a Chachapoyas y me refirieron al monumento. Uuuhh, eso estaba lejos y al tope de la colina. Pensando que se referían al monumento del sombrero. Tomé un mototaxi y creo que me dejó a cuatro cuadras de donde partimos. No era lugar que yo pensaba. Vi una combi parada en la esquina y pregunté. La respuesta no fue muy grata. A Chachapoyas, salen jueves y domingos. Era viernes, maldita sea. No me iba a quedar hasta el domingo en Celendín, debía hacer alguna manera de llegar a Chachapoyas, aunque sea por partes, por pequeños tramos. Me sugirieron tomar un camión a Leymebamba, es más, al poco rato, me señalaron un camión para que trepe. La llevada me iba a salir 5 soles, pero sólo iban a Balzas y eso quedaba a unas tres horas, supuestamente. Era más o menos el mediodía, así que siguiendo las indicaciones y al ver que no había espacio adelante, trepé hacia el contenedor del camión, que olía a animales y guardaba un aspecto húmedo. Dos tripulantes más se subieron al poco tiempo; luego, varias cajas de chelas, mangos, pollos, un carnero, y una banda completa de músicos. Vaya, vaya. Me acomodé como pude encima de mi mochila y a leer. Y a leer. Y a seguir leyendo. Las tres horas se hicieron larguísimas. Ahora recuerdo, otro artículo que leí del blog de Allan y curiosamente, creo que por fin partimos a las 3… y 3 probablemente.
Los miembros de la banda se acomodaron en unas varas que cruzaban el techo del contenedor para soportar un toldo y yo debajo, tenía el temor de que debido a la cantidad de gente, este se desmoronara y me cayera en la cabeza. Felizmente no pasó.
El carnero, que me había hecho la pelea en todo el camino, y yo nos alegramos cuando dijeron que muy pronto cruzaríamos el Marañón, ya estábamos llegando a nuestro destino. El pueblo se llamaba Chocanto, Balzas quedaba más allá. La banda se bajó y muchos de nosotros hicimos lo mismo. Había una fiesta y ya teníamos cierto retraso. La noche cubre ya…
Estuve esperando que el chofer me cobrara, pero estuve feliz de que no lo hiciera. De haber sabido en un principio las condiciones hostiles de este viaje que supuestamente no iba a ser tan largo, quizás me habría tomado el lujo de esperar otro camión. Lo que sí me dijo fue que salía un camión a Leymebamba en ese momento. Todo distraído me quedé cobijado por el calor de una fogata en la que hacían chicharrón y mirando como la banda realizaba su trabajo. Perdí el camión. Cuando el chofer me llevó al lugar donde debía tomarlo, ya se había ido. Me dijo que otro vendría a la 1am. Chingada… y un flashback de Méjico, quién sabe por qué. Otra vez a hacer unas averiguaciones y ante la eminente idea de que ya no pasaría ningún transporte a Leymebamba, me puse a leer. Pensaba que no debería haber despreciado a Celendín, cuando ese pequeño pueblo tenía por lo menos hostales donde alojarse y ahora estaba aquí en una minúscula villa sin albergue alguno. Me quedé practicando el nombre Leymebamba para decírselo al camionero en caso se me hiciera el milagro y este pasara. Me salía Limeybamba, Lembeybamba, pero me tomaba mucho tiempo decir el nombre real. La luz en realidad no propiciaba mucho la lectura. Me puse algo de música y me eché, para ver si así dormía un poco. Ya comenzaba a hacer un poco de frío en esa seudoselva. Las estrellas se notaban con cierta claridad, la luna fue cambiando de lugar y unos estallidos comenzaron: castillos. Luego un toro loco, prendido en fuego salió corriendo por la pequeña placita donde me encontraba apostado y niños tratando de escapar de sus fuegos artificiales. Me quedé allí, recostado, recordando una situación similar en Yauyos, en el departamento de Lima. Que había acontecido no hace tanto. Martín y yo tuvimos que esperar un bus que llegaba a la una de la mañana con cierta incertidumbre, lo bueno era que esta vez no llovió. El cielo estaba despejado.
Casi eran las once, cuando ya después de preguntarle a varios camiones si iban para el pueblo ese, uno por fin me dijo que sí. No pregunté el precio y subí, quizás no me cobraría, después de todo. Otra vez al contenedor. Esta vez no me abrieron la puerta de atrás y tuve que subir por la escalerilla lateral, destapar el toldo y acomodarme como sea con mi mochila a cuestas. Propicia la penumbra que en su sombra esconde…Oscuridad total. Saqué mi celular, lo prendí y lo usé como linterna. Estaba solo y no había nada. El camión estaba más limpio que el anterior y había algo como una alfombra enrollada en el piso. Me busqué un buen rincón, tiré mis cosas y me cuadré. Pensé que iba a ser más fácil dormir esta vez, pero estaba equivocado. Si bien que creo que algo de sueño tuve o por lo menos mis pensamientos con los ojos cerrados se confundieron con sueños, no fue lo que diríamos: un sano descanso. A las pocas horas, una pareja abordó mi espacio privilegiado. Y me alumbró con una linterna, para identificar, especulo yo, si era bulto o persona. Se acomodaron y dejaron destapado el toldo, el viento entraba y si bien ya no era tanta la penumbra, el frío me comenzó a incomodar. Me tuve que poner la otra chaqueta encima palpando bien mi mochila, para que no se cayera nada más. El trayecto estuvo tranquilo, a pesar de la sinuosidad del camino y yo encomendé la lucidez de nuestros conductores a fuerzas superiores. Quizás la única molestia real, fue cuando me percaté que mis acompañantes de vagón se iban en sendas oportunidades al fondo de nuestro habitáculo, (del que yo me encontraba más cerca) para mear(creo que el término cumple su cometido con mayor textura en esta ocasión). Tanto él como ella, se mearon al fondo y yo sólo esperaba que sus chorros úricos no se desplazaran hacia mí. Ya cuando llegamos, me alertaron que era momento de bajar. El chofer me cobró cinco soles, que esta vez sí pagué y me avisó que justo en ese momento una combi salía a Chachapoyas. Serían las 4:30am.
Me acerqué presuroso y aún apesadumbrado por el viaje que se me había hecho tan largo y traté de tomar un sitio cómodo. Me bajaron rápido, pues al parecer había que haberse apuntado con anticipación. Finalmente me concedieron un sitio al fondo, junto a unos españoles que hablaban en catalán o quizás en eusquera, quién sabe. De todas maneras, se oían, más que todo, susurros y risas que se me hacían incomprensibles. El amanecer fue paulatino e interesante. Serían 3 horas más hasta Chacha. Alcancé a tomar unas fotos en el camino. Pensé que quizás habría algo para hacer en Leymebamba, no habían estado por gusto esos españoles ahí. Kuélap en mi mapa mental estaba en el camino, pero estaba más que seguro que habría tures desde Chacha, así que decidí seguir. Esta combi estaba 10 soles.
Llegamos a Chachapoyas (por fin) y el clima no se me hacía muy selvático, por más que esta fuera la capital del departamento de Amazonas. Luego me enteré que era sierra. Ni bien bajé de la combi, conseguí un hotel a pocos pasos a 15 lucas, me bañé y separé mi tour por 30 soles a Kuélap. A las 8:30 ya estaba saliendo, había perdido sólo un día de viaje (sólo, jaja).
Mi turicombi ya estaba casi lista, se demoró en llegar el guía un rato. Mis compañeros lucían bastante internacionales, (unos cuantos peruchos para darle saborcito a la combi). Me chapé el sitio del fondo, a mi costado se sentaron un inglés y su novia chiclayana. En esta combi había además un tío gringo loco con su novia que amenizaba el silencio de la combi con sus risas y sus bromas. También me encontré con una australianita muy simpática, unas alemanas mudas y que se podía interpretar como poco sociables, aunque tampoco ninguno de nosotros intentaba hacerles el habla; unos arequipeños y una chica que se escapó de su trabajo de sondeos para un día de aventura. Separamos plato en el restaurante al que caeríamos de regreso, pedí cecina y seguimos.
Kuélap estuvo impresionante. El gringo subió en caballo. Los otros a pie, llegamos algo cansados. La entrada a las ruinas cuesta 11 soles. Caminamos escuchando la explicación que buenamente nos podía dar Yender, nuestro guía. Y en determinado momento, el cielo lloró. Ya nos había estado avisando con truenos y relámpagos a la distancia. Encontré lo que podía ser un improvisado poncho de plástico en la tierra y me lo puse, para proteger la cámara. Luego todos nos fuimos a un cobertizo y Yender nos contó una historia para hacer tiempo. Ya había aprendido un dicho en Cajamarca que rezaba algo así como: “En cielo serrano, cojera de perro y lágrimas de mujer: no has de creer”. El día había comenzado bastante soleado, pero los dichos muchas veces son ciertos. Al poco rato, la lluvia cesó un poco y seguimos recorriendo. Lo difícil fue la bajada. Si bien ya había parado de llover, el camino de tierra, se había vuelto ahora: camino de lodo. El terreno era muy resbaladizo y empinado. Sin embargo todos llegamos a salvo, incluso los mayores. El camino de ahí hasta el restaurante se me hizo largísimo. No sólo tenía hambre por no haber comido el día anterior, sino una extraña prisa por acabar el recorrido y acostarme. Por quedarme dormido en el trayecto, me di una sonora cabeceada contra el vidrio de la combi en su oscilante descenso.
Al llegar, mi cecina, que quizás fue lo último que trajeron a servir resultó ser charqui, carne seca, o si queremos especificar: un charquipapas. Que igual comí con esmero aunque la carne estuviera tan difícil de masticar.
El dueño, buen anfitrión, nos invitó a degustar un RC que él mismo había preparado. Para quienes no saben a que se refieren las siglas RC, pues explicaré que es un trago macerado a base de raíces, semillas y piel de algunos vegetales que tiene la propiedad, como nos advirtió el señor, de poner a la gente muy cariñosa. RC es una forma de asolapar su nombre real: Rompe Calzón. No fue el trago lo que me hizo sentir cierto cariño por Lisa, quien no tomó la bebida por padecer de epilepsia. Ya con mucho trago y en apagón, el dueño nos deleitó tocando algunas canciones con su guitarra. Mi drama fue, que al responder otra vez a la dichosa pregunta del oficio, algunos me sindicaron como músico oficial del grupo y me pasaron la guitarra. Fue un roche(vergüenza) tremendo no poder recordar la letra de alguna canción para pasar piola ante el pedido del público.
El camino, ya lo pasé casi mudo, sin lectura, pero escuchando el último álbum de Christina Aguilera que tienen una canción que me gusta mucho: Save me from myself.
A Chacha regresamos de noche y bastante cansados. Le había escuchado a Lisa y a las alemanas que irían a Carajía al siguiente día, así que tomé la resolución de sumarme a ese grupo. Mi otra alternativa eran las cataratas de Gocta(supuestamente las 3ras más grandes del mundo), pero se me hacía muy caro, pues la tarifa arrancaba en 70 soles. En este caso, al haber ya un grupo, podría quizás rebajar un poco el costo de mi pasaje. Fue inútil tratar de bajar más el costo, por no esperar al día siguiente cuando la combi estuviera casi llena, pero cabía la posibilidad de perder el cupo, así que caballero, tuve que pagar los 35 soles. Quizás habría sido distinto si negociaba con la operadora directa del tour.
Me fui al hotel, tomé una ducha caliente y otra vez a leer ya a la espera de una nueva aventura.
En la mañana me levanté más temprano para averiguar el lugar donde tendría que tomar la combi a Pedro Ruiz Gallo, donde a su vez saldría mi bus a Moyabamba, en donde ya había proyectado quedarme un día para ver un jardín de orquídeas y la ciudad. Averigüé todo rápidamente y fui a encontrar mi tour. Me saludo alguien para que hiciera cola y me presentó a quienes iban a viajar conmigo, una pareja de suecos que ya estaban esperando subir. Conversé un poco con ellos, me contaron que se venían desde México, pasando por Guatemala y de ahí habían hecho un vuelo creo que hasta Ecuador. Su viaje estaba proyectado a durar unos seis meses. Ya no me sorprendió tanto, pues Lisa, me había platicado que ella comenzó en Panamá, vía USA y que lo suyo se iba para todo un año. El muchacho sueco hablaba muy bien en español y por lo que entendí era de ascendencia uruguaya. Hasta donde supe, pensaban ir a Cajamarca vía Celendín. Traté de darles orientación al respecto para que no cometieran los mismos errores que yo, pero al parecer estaban mucho más al tanto.
Fue llegando más gente, entre ellos nuestro guía trujillano, Rolando. Ya era hora de comenzar el recorrido. A la combi y a conocer a mis nuevos compañeros de tour. Esta vez era un grupo joven. El señor gringo tomó el tour con nosotros, el día anterior escuché que se había desanimado, pues quería hacer la excursión a Gocta. Así que éramos este señor y su novia como de su edad, otra vez las alemanas que esta vez se sentaron adelante, quizás para estar completamente separadas del grupo y Lisa entre mis ya conocidos, luego los chicos suecos, una chica israelita, dos chicos franceses y una chilena que era además enamorada de uno de los franceses.
Salimos nuevamente por donde había yo llegado la primera vez desde Leymebamba, nos fue contando cómo iba lo de las elecciones en Chacha. Al parecer un arqueólogo alemán que ya residía por veinte años en Chacha tenía la preferencia de la gente. El chofer luego nos contó que esa iba a ser su elección.
Nuestro primer destino era el Pueblo de los Muertos. Hicimos una parada previa en una casa que llevaba el curioso emblema de “Bar-Restaurante Campestre” para reservar nuestro almuerzo. Gestioné mi menú por 3 soles. Y luego salimos a pagar entradas a la plaza de un pueblito llamado Luyo. Mientras el guía compraba las entradas, aproveché para comprar una botella de agua. Quería comprar una botella grande, pero nunca encontré a la dueña de la tienda y me regresé con una botellita, además de retrasar al grupo que según el guía, ya quería dejarme.
Llegamos al portal de una cerca y Rolando comentó que en ese momento comenzaba su trabajo y salió de la combi, para abrir la puerta. Luego se trepó detrás y así fue avanzando la combi, con nuestro guía colgado y de vez en cuando descolgándose para abrir y cerrar las muchas puertas que había en el camino. La combi paró. Aquí comenzaba nuestra caminata. Lo primero que vimos fue un par de cataratas. Una muy grande, que ya se había hecho famosa últimamente. La Catarata de Gocta, según el guía y muchos noticieros con poca información, la tercera más grande del mundo. Yo había leído, sin embargo, que esta que tenía un poco más de 700 metros y estaba dividida en un tramo, no se acercaba a la verdadera tercera catarata más grande del mundo que además se encontraba también en Perú. Esta catarata lleva por nombre las tres hermanas y mide más de 900 metros, es decir la diferencia con el Salto El Ángel de Venezuela es muy poca., pero al parecer se encuentra en una zona de muy difícil acceso en Ayacucho.
En fin, la bajada no fue tan ardua aunque sí larga y llegamos al pueblo de los muertos: una cornisa trabajada al borde de un acantilado en donde encontramos algunos sarcófagos de quincha con rostro, huesos, unos compartimentos que parecían haber servido como cocinas y con algunas inscripciones en bajo relieve y pinturas rupestres. Muy interesante y la vista, muy impresionante.
Regresar al punto de partida no fue tan sencillo. La botellita de agua se me acabó muy rápidamente y teniendo en cuenta que aunque la mayoría éramos jóvenes, el gringo loco ya no estaba tan joven y pero aún, no disfrutaba mucho de caminar. En el camino de subida hice algo de conversa con la chica chilena que más bien tenía un acento casi español y me contó que su viaje duraría casi medio año y para lo cual habían tenido que renunciar. Yo me quedé con el pensamiento de que si renunciaba y pedía visa para recorrer Europa, simplemente no me la daban.
Al llegar arriba nos tiramos al pasto bajo una palapa para extender la conversación con los otros miembros del grupo. Thomas, uno de los franceses, que era medio argentino se enfrascaba en una conversación política en francés con el novio de Jessica a la que no pude evitar entrometerme, aunque en español. En resumen, era increíble que García quien nos había cagado el país, hubiera sido reelegido. Nada nuevo. Ensayé un intento de excusa.
Llegó nuestro último secuaz gringo y emprendimos el retorno para almorzar. Otra vez el guía colgado a la combi para cerrar y abrir puertas.
Esta vez y para buena fortuna a nuestra anfitriona del restaurante se le ocurrió reunirnos a todos en una sola mesa. Muchos vegetarianos en el grupo…
Debo haber sido el último en recibir su plato, para variar. Pero fui el que comió más: aguadito, pollo frito con frijoles y un emoliente. Y listo para lo que venga…
Trepamos para nuestro siguiente destino unos sarcófagos en Carajía. Esta vez no hubo necesidad de abrir puertas, pero parecía ser que los turistas no eran usuales en la zona o la fecha coincidía con alguna actividad local, pues las personas nos miraban pasar extrañadas. Tuvimos que buscar a la persona encargada del camino de entrada para pagarle el derecho de admisión. Y a andar. Me fui conversando esta vez con una niña llamada Carmen, que muy entretenida se animó a acompañarnos. Debía conseguir caballo para Bill o Paul, no recuerdo bien el nombre del gringo vaquero, pero se demoraron tanto en llegar que no fue necesario para la bajada. Los sarcófagos tenían mucho más detalle que los anteriores, guardaban cierta similitud con las estatuas de la Isla de Pascua. El paisaje también era impresionante y aunque quedaban pocos sarcófagos, supimos que no era el único lugar donde se habían encontrado. Por el tamaño de los huesos que se encontraron se dedujo que los Chachas deben haber sido muy altos, superando el metro ochenta y según referencias e los cronistas, eran gente de piel y cabellos claros.
Esta vez no fue tan cansada la subida, pero igual. Carmen había molestado a Jessica, la chilena, durante todo el camino de subida, diciéndole que cambiara a Frederick, su novio, por Thomas en un castellano apenas comprensible y luego empezó a buscarme pareja y Lisa fue su elección. Aunque la verdad no pudo elegirme mejor compañera, le volteé la tortilla diciendo que la que me gustaba era ella. Ya dejó de molestar.
Descansamos un poco mientras esperábamos que el resto llegue y apareció un niño llamado Josbert. Intrigado un poco por los nombres de la zona, le pregunté a Carmencita y me respondió que sacaban esos nombres el libro de registro de turistas, jajaja. Al completarse el grupo, fuimos a un pequeño museo donde tenían algunas vasijas y sarcófagos rotos encontrados y partimos de regreso.
El día había estado muy lindo y soleado para nuestro recorrido, pero ya rumbo a Chachapoyas observamos nubes negras, un arcoiris a lo lejos y más tarde comenzaron los truenos, la lluvia y aparecieron algunos relámpagos, un poco más allá, ya podíamos ver rayos. Se hizo de noche y conforme nos fuimos aproximando a la ciudad, los relámpagos parecían resplandecer justo sobre nuestra combi de una manera muy intensa. Yo en éxtasis con el espectáculo natural hasta que llegamos y -¡vaya fortuna!- la lluvia comenzó a menguar. Me despedí de algunos, traté de ponerme inútilmente de acuerdo con Lisa sobre el camino a Tarapoto y le di mis datos a Jessica, para que me contactara de pasar por Lima.
Ese día llegué al hostal, compré un botellón de gaseosa y me di un duchazo, había decidido mirar los rayos, pero al acabar mi ducha, me desanimé y al poco rato paró la lluvia. Me puse a leer y ya quedaban pocas páginas. Me decidí a acabar el libro de una buena vez, pero hubo apagón. Yo traté de dormir y me quedé pensando en todo lo que hasta ese momento me había pasado, estaba contento. A la hora llegó la luz y si había estado a punto de dormir, pues me desperté. En realidad no tenía tanto sueño, a pesar de que estaba cansado así que esta vez sí retomé el libro hasta acabarlo. Adiós, niña mala.