La nueva mañana terminé de alistar mis cosas poco más tarde de lo pensado. Recorrí algunas empresas de transporte y había más o menos quedado con Lisa en encontrarnos más o menos a las ocho y treinta o nueve en la Plaza de Armas. Al acercarme al paradero, la combi ya salía, todavía eran las ocho y les dije que me esperaran un rato, fui a buscar a Lisa y a hacer un poco de tiempo. Al parecer fue mucho tiempo, cuando volví, sin rastro de Lisa, ya se había ido la combi. Me trepé a la próxima combi que iba a salir: cuando se llene.
Desde las 8:30 hasta que más o menos se llenó pasaron más de dos horas. Yo estaba un poco preocupado porque de Pedro Ruiz no tenía mucha información y sólo sabía que ahí tomaría el bus a Moyabamba, en la radio y por los comentarios de algunos pasajeros supe que unos días antes había habido un accidente con muertos en la misma ruta que iba yo. A mi favor, sin embargo, tenía un día bueno sin lluvia y un chofer bien informado.
Llegué a Pedro temprano, todavía no habían pasado carros con el rumbo de mi preferencia. Me encontré a Lisa y compré mi pasaje a Tarapoto en el mismo lugar donde ella lo había hecho. Pensaba todavía ir a Moyabamba, pero desde Tarapoto; según la información de que disponía sería una hora y media de viaje, podría hacerlo en la mañana y podría comprar mi pasaje con mayor anticipación. Un poco más tarde llegó a nuestro paradero Thomas que también iba rumbo a Tarapoto y finalmente se convenció de comprar su pasaje en la misma agencia que nosotros. Me quedé conversando con Lisa y luego con una señora que se iba para Chiclayo.
Se pasaron un montón de buses y el nuestro no llegaba. Supuestamente saldríamos a la 1:30, pero nunca pasaba. Tom, un poco desesperado salió a preguntar si nos podían embarcar en otra empresa que llegara. Nadie aceptaba al precio de 25 soles. Después de mucho insistir y ya casi a las 4pm, nos subimos a un CIVA.
En el bus me decidí a quedarme en Tarapoto, ya no iría a Moyabamba, me iba a salir más caro y las orquídeas que pensaba ver no eran tanto de mi afición. Además pensé que con ese grupo de tres me divertiría más y así fue. Compartí un poco de música con Tom en el bus y nos pusimos a ver las películas.
Llegamos al Terminal de Tarapoto y ya se sentía por fin la diferencia de clima. Selva es selva. Después de un no muy brillante negocio por la tarifa, el mototaxista nos llevó a un hotel económico a nuestro requerimiento. Felizmente entrábamos los tres, aunque algo ajustados en el asiento. El hotel económico nos costaba 25 soles, pero decidimos que podíamos encontrar otro más barato y comenzamos a caminar, luego de dar muchas vueltas sin sentido, llegamos a la calle donde nos habían dejado, de donde yo había visto hospedajes un poco antes de llegar a la plaza. Encontramos hospedaje a 12 soles, agua fría, pero con el calor de Tarapoto, en fin…
Escogimos nuestros cuartos, yo el peor, que en realidad no estaba tan malo tampoco y salimos a buscar tures y restaurante, ya era de noche.
Yo no tenía mucha hambre, pero si ellos comerían, por qué yo no. Nos informamos bien de los tures disponibles y decidimos que el costo se podía reducir y que podríamos hacerlos por nuestra cuenta. En encontrar el chifa para comer nos tomamos una buena caminata, y para que, al final, me llenara muy rápido y tuviera que pedir que me envolvieran la comida para dársela a alguien por ahí. Quedamos en encontrarnos en el hall de nuestro piso a las 7am, para desayunar y ver otras posibilidades de tour. Me di un duchazo ya que estaba todo sudado y me acosté luego de pedir un ventilador, para poder dormir con tanto calor.
En la mañana me levanté luego de sentir unos golpes en la puerta. Me puse un pantalón al vuelo y les dije que me esperaran un ratito, muy arrochado, pues les había dicho que yo me levantaba a las seis y al parecer había desactivado la alarma.
Una ducha rápida y me cambié casi instantáneamente, desvalijé mi mochila y metí sólo la cámara y mi poncho de plástico por si llovía. Y efectivamente la mañana estaba gris y al rato comenzó a gotear. Los chicos ya estaba con ropa impermeable, muchos más modernos que yo, limeñísimo acostumbrado a la sequía.
Tomamos desayuno y desistimos de buscar más tures. Fuimos a preguntar dónde podrían alquilarnos motos para realizar nuestro trayecto y en definitiva de los tures que habíamos elegido realizar, el único que podíamos hacer en moto era a un pueblo llamado Lamas que visitaríamos según ya vislumbraba yo, el último día. Ese día no pintaba bueno para la laguna azul tampoco. Decidimos ir a las cataratas de Ahuashiyacu y algo de información debo haber perdido en el camino, como ya se darán cuenta.
Negociamos un mototaxi para que nos lleve y espere a las cataratas por 25 soles entre los tres. Nos dejo después de unos minutos a la entrada de un camino. Como había llovido y parecía que seguiría lloviendo más, el camino estaba muy enlodado y el mototaxista nos explicó que tendríamos que caminar unos 20 minutos. Eso tratamos de hacer, a pocos pasos nos dimos cuenta que era más fácil caminar descalzos sobre ese fango. Ah, la sensación de los pies sobre el barro era deliciosa. Antes de llegar a un pongo encontramos un atajo y la flojera nos hizo tomarlo, no habían señales ni personas cerca, así que la dirección que tomábamos era la que más se nos hacía factible.
El atajo resultó un poco complicado, pero como retroceder nunca rendirse jamás, cruzamos por el fango con muchas maniobras, caídas y cortes que nos divirtieron bastante en este recorrido por el medio de la jungla incógnita.
Llegamos al pongo, donde había una palapa y luego a un río. Como no veíamos la dichosa catarata decidimos cruzar el río. Con mucho arte y paciencia lo conseguimos. Tratamos de sguir un camino, pero lo único que conseguimos fue regresar al otro extremo del río un poco más allá. Quise explorar la zona, pero sólo encontré una cabaña, y aunque quise contactar a sus habitantes lo único que pude conseguir fue que me ladraran unos perros.
¿Dónde estaría la catarata? ¿Acaso éramos las únicas personas con ganas de verla?… no podía ser. Cambiamos de ruta y como no encontramos nada, nos rendimos. Comenzó nuevamente a llover, felizmente estábamos cerca de la palapa y nos cobijamos bajo ella. Al rato disminuyó la lluvia y seguimos. Nos encontramos con un hombre que machete en mano se iba abriendo paso. Quitándonos el miedo (por el machete) le preguntamos donde estaban las cascadas y nos habló de otras cascadas que no eran por las que habíamos ido, pero que tampoco habíamos visto ¿Y las otras? Eso está como a dos horas…
Ya desalentados y con la idea de haber sido estafados, partimos el regreso. En el camino nos cruzamos con otra persona que nos explicó que estas cascadas estaba a cinco minutos, pero tal como las describía, pues definitivamente no habíamos dado con el sitio. Lo convencimos para que nos acompañe y le dimos una propina por la molestia así que regresamos. Llegamos a unas pozas, piscinas naturales que no habíamos pisado antes y decidimos quedarnos un rato. Tom y yo nos metimos a nadar y Lisa se quedó observando desde una roca. Usamos unas pequeñas cascadas (las que nos habían dicho) como tobogán y pasamos un buen rato. A la salida, nos tomó más trabajo salir del río y nos dañamos un poco los pies. Tom se golpeó muy fuerte un dedo y se le inflamó.
Mucho lodo después, llegamos a donde nos habían dejado con la idea de que ya no encontraríamos a nuestro taxista. Pero ahí estaba, un poco más allá, conversando con alguien. Le expliqué la situación y renegociamos a cuarenta soles la partida a Ahuashiyacu. En inglés, como cada vez que no querían que se entere alguien más, Tom me sugirió que le diéramos cuarenta y cinco para quedar quince cada uno. No convine. Pero le pagamos la entrada a nuestro chofer a las cataratas que no conocía y luego el almuerzo. Para qué más.
Las cataratas de Ahuashiyacu estaban mucho más lejos y el camino era escarpado y no muy ancho, definitivamente ir en moto, y sin saber montar como yo, era mucho pedir. A diferencia del otro lugar este estaba muy convenientemente señalizado con cartel de entrada e incluso cobraban la admisión: 2 soles nomás. Esta sí era una catarata, por lo menos unos 30 metros de alto y la poza unos 2.50 de profundidad máxima. Ahora sí nos metimos los tres y el agua estaba más fría que en el otro lado. Luego a explorar la gruta detrás de la cascada y finalmente a lanzarse desde poca altura hacia la poza. A Lisa y a mí nos aguanto normal, pero a Tom que era más alto le causó un impacto adicional en el pie.
Al rato empezó a llover y aunque nos quedamos remojando, nos dimos cuenta que las mochilas se estaban mojando y terminamos saliendo al poco rato. La lluvia aumentó y de ahí tiramos para un restaurante que había a pocos minutos de distancia. Me comenzó a dar frío por lo que estaba mojado y había viento y seguía lloviendo, así que pasamos la lluvia entre cecina, tacacho, chicharrón y la inacabable tilapia y un jugo de uva buenazo.
Regresamos luego de una buena digestión con el mono y la gata (ese era el nombre del restaurante) y también algunos perritos que se comieron nuestras sobras. El día había sido más que provechoso finalmente y hasta nuestra aventura por la cascada equivocada había sido muy entretenida. Regresamos al hostal, cerramos trato con el mototaxista, pedimos algunas instrucciones para ir al día siguiente a Laguna Azul y acompañamos a Lisa a averiguar el lugar donde se tomaban los buses a Tingo María.
Fuimos a buscar agua y sucedió un terrible incidente que prefiero no comentar, jaja.
Más tarde los chicos se pusieron al día con sus correos electrónicos y yo me fui a reexplorar la zona. Ese día era noche de brujas o el día de la canción criolla y habíamos quedado en ir a un bar luego, y así lo hicimos.
Aunque en realidad nuestra primera opción había sido un bar llamado Étnica, pues la que atendía muy buen saludo y no tan mal despedida, decidimos que el presupuesto era más importante, además de la comodidad y paramos un bar antes donde nos ofrecían una jarra de daikiri a muy buen precio. Entre nuestras copas y la limonada de Lisa, se hizo hora de acostarse. Quedamos en ya no levantarnos tan temprano el día siguiente.
Salimos a buscar colectivo rumbo a Sauce a las ocho y nos cobraban 15 soles. Nos pareció muy caro, además teníamos que esperar una persona más. Fuimos a ver al paradero de las combis que estaba al lado y justo salía una y con nosotros ya sólo faltaba una persona más y a 8 soles.
La ruta pintaba interesante aunque el camino en algunos tramos era afirmado, no fue un viaje tan duro. A poco tiempo de avistar el río Huallaga desde lo alto, ya estábamos a su orilla y la combi paró y la gente se bajó, así que los seguimos. Luego entendimos que teníamos que cruzar el río, pero… no había puente. Avanzamos a ver cuál sería el procedimiento y observamos en el otro extremo lo que parecía ser una balsa que transportaba vehículos hacia nuestro extremo. La balsa era desplazada, cual chalana, por unos hombres que ayudados de poleas y un cable que funcionaba a manera de puente se nos iba aproximando. Entretanto, se nos acercó un extranjero de la tercera edad, que pensábamos había venido a hacer turismo relámpago y costoso, a desmentir nuestros prejuicios. Era presidente de una asociación llamada Friendship Force que hacía intercambios culturales a nivel mundial. Es decir, hospedaban gente y gente los hospedaba y se estaban alojando con los miembros de la tal sociedad en Tarapoto. Su viaje continuaría unas semanas más.
Llegó la chalanita y treparon los vehículos, entre ellos nuestra combi y a seguir. Un rato más tarde ya podíamos ver desde el camino un lago muy bonito y al poco rato, Laguna Azul. Llegamos a Sauce y nos bajaron, por lo visto no íbamos a encontrar combi de regreso. Fuimos a buscar de comer y un poco de información.
En el restaurante que escogimos nos ofrecían menú a cinco soles. Decidimos comer, aunque era todavía temprano y después, recorrer el lago. En el mismo restaurante nos ofrecieron paseo en bote a la laguna, parando en algunos puertitos, para descansar la vista. El precio era un poco costoso, pues se nos rentaba el bote, pero añadiendo a una pareja que comía en la otra mesa, salía mejor en la división.
Recorrimos la laguna, hicimos una primera parada en un hospedaje llamado La Sirena, donde nos comentaron la leyenda de una sirena que aparecía en la luna llena. Nosotros que habíamos tenido una conversación sobre el delfín rosado, alucinábamos que quizás lo que veían era uno de esos bufeos que había medio tragado a una mujer. Quizá un paiche.
Nos presentaron el lugar, las cabañas y el área que tenían para almuerzos colectivos. No estaba mal y al parecer el terreno no era muy caro todavía en esa bella zona, tan mal comunicada. Después de recorrer un rato, ver un insecto palo y tomar fotos, seguimos el paseo. Yo tenía ganas de meterme a nadar en el lago y al parecer estábamos buscando un lugar donde fuera más conveniente. Se subió a nuestra lanchita un niño que me fue comentando las características de la laguna, quiénes tenían casa por la zona (Fujimori al parecer llegaba a veces en helicóptero), los problemas que había habido por Sendero Luminoso y las perspectivas que tenían ellos de progresar en su propia tierra. Me contaba el niño que estaba aprendiendo inglés y le sugerí que lo practicara con mis acompañantes, pero su nivel era aún inicial y el acento australiano y francés en el inglés, son un poco difíciles de manejar al principio.
Paramos en otro puerto y al parecer había algún tipo de celebración. Estaban los de Friendship Force. Nos quedamos un rato a ver voley y escuchar la música que hacían para animar. Compramos una gaseosa grande y nos sentamos a tomar un poco. Yo decidí que esta sería mi última oportunidad para nadar en el lago, pero nadie me quería acompañar así que me fui solo. El agua estaba fría y el piso poco profundo, pero no tanto. Me quedé un rato flotando y braceando y salí, el viento me dio mucho frío, se sentía menos estando dentro del agua, pero me tenía que secar: no nos íbamos a quedar tanto rato tampoco. Me eché en el muellecito y el sol y el viento se encargaron de secarme muy rápidamente. Cuando ya estaba seco acabó nuestro tiempo y regresamos a la lanchita y al puerto de donde habíamos partido.
¿Qué más había para hacer? Yo había escuchado de unas cascadas a pocos minutos, pedimos algunas direcciones y nos enviaron a la escuela militar que había a lo alto de la colina. Llegamos y había letreros advirtiendo que tenían orden de disparar. Grité un poco para pedir permiso para entrar y que nos dijeran cómo llegar a las cascadas. Muy amablemente y a pesar de no presentar documentos el encargado envió a un soldado para que nos haga pasar y nos conduzca al camino que lleva a las cascadas. Seguimos la ruta, pero más allá de un poco de agua que caía no vimos algo que se le pudiera llamar así, aprovecharon ellos para ir al “baño” y yo encontré una araña grande muy bien posicionada en su tela, ahí las fotos.
Al regreso, encontramos a unos niños jugando con una culebra verde mal herida que Tom ayudó a terminar, pues al parecer sufría. Ya abajo, preguntamos por la movilidad de regreso. Como éramos tres, con uno más y completábamos el carro. Le dijimos que estaríamos a orillas del lago y que nos llamara cuando viniera la otra persona. Y así fue.
El regreso fue más llevadero, paramos nuevamente para cruzar el Huallaga, tomamos agua de coco, Tom y Lisa partieron sus propios cocos y yo me quedé viendo como las moscas acompañaban a un perro de rasgos de gran danés, pero muy enclenque, a quien la gente llamaba “Microbio”.
Cruzamos y de ahí hasta Tarapoto, el conductor nos llevó amablemente cerca de la plaza. Como habíamos almorzado temprano, algo de hambre teníamos y habíamos visto una esquina donde vendían comida rápida. Pedimos unas hamburguesas y Lisa un taco que pudimos volver vegetariano y compartimos un jugo surtido. Luego al telo.
Esa mañana se había decidido partir tarde, mis compañeros iban a dormir un poco más y yo salí temprano a buscar la tienda de motos y hacer un poco más de averiguación para poder hacer nuestro paseo. Negocié además el precio y nos los dejó a 6 soles la hora en la moto grande, pensé pedir una para mí, pero no me aconsejó que practicara en la ciudad. Decidí que iría en la parte de atrás de la moto de Tom. Regresé para llamar a este y le expliqué la situación. Alistamos las cosas, pues ya abandonaríamos la ciudad más tarde y le tocamos la puerta a Lisa para dejarle las cosas, al parecer la despertamos, sin intención.
Pedimos la moto y el dueño nos permitió que Tom la probara antes de hacer contrato, pues tenía que estar seguro de poder llevarme. Se subió, recibió unas cuantas instrucciones y partió en línea recta quién sabe a dónde. Al poco rato regresó, en contra de la vía, afirmando que no había problema. Cerramos el trato, pedimos 6 horas y nos fuimos, primero a echar gasolina y luego a Lamas. Mientras Tom se iba adaptando a los cambios y la velocidad y yo al viento que me daba a los ojos. Siguiendo las indicaciones y preguntando un poco a los mototaxis que nos cruzábamos y a menos de una hora de viaje, llegamos. De inmediato fuimos a un museo etnológico donde por 3 soles podíamos apreciar un recorrido por la cultura de Lamas, que a pesar de ser selváticos eran quechua-hablantes. Un simpático señor con aliento y olor no tan simpáticos nos hizo el recorrido explicándonos rasgos peculiares de la cultura del pueblo: sus costumbres maritales, su forma de celebrar, las normas de la familia y en suma, la manera de vivir de la población nativa. Fuimos luego al pueblo nativo, pero no vimos nada llamativo. De ahí estuvimos buscando un mirador y nos percatamos que El Mirador era un restaurante, así que decidimos almorzar ahí y tomar unas fotos del paisaje.
Ya comidos, nos dispusimos a retornar. No sabíamos bien el camino, pero teníamos que bajar. Seguimos a otra moto rumbo a la Plaza de Armas porque yo quería tomar una foto y bueno escuché un pitazo, Tom frenó, yo me fui a tomar la foto y luego me vengo a dar cuenta de que nos querían poner una papeleta y a los de la otra moto por conducir en contra. Le increpé al policía por la presencia de algún signo que nos refiriera el sentido de la vía, pero no me dio razón. De puro prepotente, nos envió a la comisaría. Yo me quedé esperando a que nos acompañara. La comisaría quedaba en la esquina. Traté de hablarle bonito, de que entendiera que no éramos de allí, que no había señales y que ya estábamos de vuelta. Fue un desperdicio de tiempo. Para colmo le pidió al policía que había dentro que confiscara la moto amarilla, la nuestra, pues no tenía placas, cosa que no nos habíamos dado cuenta. Teníamos que dejar la moto y llamar al dueño y no entendía que ya no teníamos tiempo, que estábamos regresando a Lima ese mismo día. Le dije que mi papá era Coronel, aunque estuviera retirado y sea asimilado, eso siempre es útil. Pero nada. Era inútil hacerle entrar en razón. Me aparté, pues al parecer mi presencia le era molesta y el lío era con Tom que era quien manejaba y le hablé al otro policía, explicándole la situación, le dije que quería hablar con el comisario, pues este tipo era muy terco. Me pregunto si no era falso lo de mi papá coronel, pues no iba a despertar al comisario por las puras. Muy convencido, me ratifiqué. Unos minutos después y por orden del comisario, el policía gordo aunque indispuesto tuvo que romper sus papeletas y dejarnos ir. Preguntamos cuál era la ruta y partimos, por fin libres. Otra anécdota más.
A mitad de camino encontramos un espacio abierto y Tom paró para enseñarme a manejar la moto, debo decir que tan mal no lo hoce y no me caí, hasta al final, cuando frené y como en detenerme no había sido instruído, pues casi se me voltea la moto. Llegamos de vuelta a Tarapoto a devolver la moto. A reportar el incidente con el dueño. A pedir la hora extra que habíamos pagado y a dejarnos invitar unas gaseosas heladas por las molestias. Regresamos al hostal, en el que ya no estábamos alojados a buscar a Lisa y contarle lo sucedido. Ella ya tenía todo listo para salir al día siguiente a Tingo María. De ahí a hacer tiempo entre el supermercado, donde me compré una botella grande de agua, y a la plaza, para consumir nuestras compras y conversar.
Mi avión en StarPerú finalmente salía antes que el de Tom, por un problema que tuve por demorarme en hacer la compra. Y ya se cumplía la hora. Volvimos al hostal a sacar mis bultos, me despedí de ellos contento por la buena experiencia, con Tom me vería al día siguiente para curarle una muela. Y chapé mi mototaxi al aeropuerto, 3 soles.
Me registré, me quedé viendo el final de una película, para hacer tiempo y no mucho después salimos. El vuelo ya llevaba algunos pasajeros, pues venía desde Iquitos. En la plaza yo había visto nubes negras y aunque no llovía, después de un rato de vuelo, comenzó una zona de turbulencias bastante larga. Sumado a esto, se podían ver destellos en el cielo oscuro que a pesar de su espectacularidad, daban un poco de miedo. Digo, a nadie le gusta pasar una tormenta y menos a miles de metros de altura.
Entre las turbulencias, el refrigerio que nos ofrecían y el destornillador que me pedí para pasar el rato, sentí que no había pasado mucho cuando anunciaron nuestro descenso a Lima. No había almacenado equipaje, así que salí, prácticamente, del avión a la calle. Por mis coordinaciones de último minuto, supuestamente mis papás que usualmente me recogen en el aeropuerto, no sabían a qué hora llegaba mi vuelo. Sólo para confirmar, hice una llamada con el último concho de energía que le quedaba a mi celular y con los dos soles que me quedaban en el bolsillo decidí regresarme en combi, por primera vez en mi vida desde el aeropuerto. Tomé una todo Faucett a china, para no demorarme esperando con mi mochilón en el paradero del aeropuerto. Y en la Marina corrí para tomar otra que pasaba por el Ejército a tres cuadras de mi jato.Otra vez en casa, pelucón, barbudo y con mucho para contar, toqué la puerta: Mamá, ya llegué.